El pez león

Siempre nos gusta estar varios días en las escuelas. Si bien terminamos agotados, paradójicamente nos llena de energías y nos pone felices. Hacer varios encuentros con el mismo grupo o bien recorrer todas las aulas, donde los recreos son prolongaciones de los talleres y los abrazos de los escuincles parecen tacles. Aruma saludando cual reina y nosotros aprendiendo lo inventado por los chicos en las horas siguientes a la jornada, donde ningún lazo descansa. Y cuando por exámenes, fiestas, competencias y currícula sólo nos dan una mañana para enredarnos con los patojos, la devolución de la clase puede llegar en cualquier momento y de cualquier forma.
-Buenas noches Lionel. Ya me aprendí el mosquito, el pez, los diamantes y el de desenrollar la tripa.
La carretera era una boca de lobo y si el Delfín corría peligro a su orilla, ni contarles nuestro amigo que clavó los frenos de su bici apenas me vio. Luego de un fuerte apretón de manos y de convidarme sus snacks, el alumno de la escuela Río Negro, allí en Cocles, me contó que en las horas que siguieron al taller gastó su cordón al compás de los videos hilanderos que encontró en la web. Comentó además que sus compañeros andaban en la misma sintonía, aprendiendo en minutos lo que a nosotros nos llevó meses. Fueron ellos los que esa mañana nos pusieron al día sobre las barbaridades que el pez león está haciendo en los mares ticos, devorando al que pase por su lado y sin ningún bicho que le haga frente. Los compas no se pusieron de acuerdo si fue un gringo quien tiró uno de estos leones al mar o si llegó hasta acá por las inundaciones, corrientes y crecidas. Lo cierto es que este pez foráneo “famoso por sus voraces hábitos alimenticios” está tragando más que Aruma y todo Limón le declaró la guerra.
Luego de los dos talleres en la escuelita contigua al océano y a la carretera, llegamos a Caribe Azul, colegio “independiente” de vibra mágica, que bien cerca de nuestros primeros talleres nos abrió la puerta para tejer junto a sus cuarenta y cinco alumnos re contra super archi mil copados, en dos mañanas hermosas llenas de respeto y cariño. La novedad fue que por primera vez los Hilando América se partieron en dos: los más viejos dimos el taller y la más pequeña tuvo su debut en el maternal, portándose muy bien más allá de reporte de que se comió la comida de la maestra.
La espera del pasaporte de la cumpleañera y la búsqueda de compradores compulsivos de aretes lograron que nos quedemos más de un mes entre Cahuita, Puerto Viejo, Cocles y Punta Uva. Pueblos y playas soñados que nos despertaron mirándole la cara al mar y nos llenaron de calipso con acento a caribe, a rasgos africanos cargados con vagones de historias que saben a café, cacao y banano.
Nos encontramos en la calle con chicos que llevaban su hilo colgado del cuello y pedimos como siempre agua en la casa de nuestros amigos Gloriana y Tindel, donde descubrimos a unos seis amigos reunidos para aprender figuras nuevas. Fue allí que oímos una confesión que superó todo lo escuchado en estos tres años: ¡Jugaban hasta en la ducha!
Parece que dicha declaración llegó hasta la escuela de Cahuita, que en esos días nos confirmó tres talleres para enrollar a toda la primaria y secundaria. Mezclamos hilos con monos y tucanes y regresamos a Puerto Viejo con la satisfacción de que a pesar de los calores y humedades los alumnos de acá también se quedaron picados con este saber ancestral. Un descanso táctico frente a la soledad de Playa Negra nos topó con un niño que pedaleaba dejando huellas en la arena. Aruma lo vio y corrió tras él. El niño nos regaló una estrella que creó rápidamente con su lacito y huyó de Aruma, que en vano intentó alcanzarlo.
Íbamos por la foto número 250 cuando nuestra amiga Ana nos avisó que el pasaporte de Aruma esperaba en la embajada. Es tiempo de volver a San José y abrazarnos con Heiner y su pandilla. Es tiempo de llegar a Panamá para hacerle frente a ese pez león que tiene que cruzar el Delfín a Colombia.

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