Ashta kashkaman

Una araña del tamaño de un adoquín esquiva al Delfín que viene a los tropiezos. El asfalto ya quedó atrás y ahora el camino es de tierra, pozos y piedras. Mariposas multicolores se pierden en el verde intenso del costado del camino. Estamos yendo rumbo a la casa de Betti, quien conocimos al hacer un taller en su centro cultural en Quito. “Si van a la selva avisen que en el Tena tengo una casita”, nos había dicho mientras tomábamos guayusa. El Tena es el pueblo más armado por esa parte del amazonas ecuatoriano. Sin embargo quedó atrás y por las indicaciones que tenemos aún falta para llegar a la casa de nuestra amiga argentina. Vamos una hora manejando selva adentro y nunca en nuestra vida, y nunca en nuestro viaje vimos tanta selva. La Amazonía se las trae y esas mariposas y esa araña mutante fueron sólo un breve preámbulo. La casa de Betti sigue sin aparecer pero en cambio vemos un cartelito recostado sobre un árbol indicando la existencia de una escuelita. Sólo la cancha de fútbol al costado del salón pudo vencer a la vegetación y es el único terreno pelado que se verá en la zona. Lo demás ya lo dijimos: frondosa, intensa y viva selva. Con Noe cruzamos miradas y dijimos todo. Finalmente llegamos a la casa “abierta” de Betti. En medio de la jungla y al costado del místico río Napo, cubierta por árboles, plantas, vegetaciones y toda la flora que uno pueda imaginar, nos topamos con una cocina sin paredes y al subir por las escaleras con habitaciones rodeadas de ventanales. Las hormigas nos dan la bienvenida y los treinta metros que separan al Delfín estacionado de la casa dan miedo. La noche es cerrada y de todos los chillidos, aullidos y sonidos varios que se escuchan solo decodificamos el de las polillas. Al ratito aparece Salvador, Margarita y Don Carlos. Los vecinos nos entregan las llaves de los candados y luego de un par de noches también nos regalarán la velada más maravillosa que jamás hayamos tenido, pero eso lo narraremos después. Les contamos a la familia lo que hacemos y las ganas que tenemos de arrimarnos a la escuelita que quedó más atrás. Don Carlos y Margarita sonríen. Allí fueron sus cinco hijos y son súper cuates con la maestra Estela. Por eso Salvador llega al otro día bien temprano para acompañarnos. Prendemos el Delfín y de paso también se suma su hermana Sisa junto con su bebé y otro sobrinito, quienes comparten asientos con Quili, prima de Noe que encontramos en Quito y que nos acompañó en la bajada hasta Cuenca. Saludamos a Estela y le pedimos permiso para hacer el taller. La escuela cuenta con siete alumnos hijos de la comunidad Cando y es multigrado. La compañera más grande tiene 17 y el más chico 6. Estela está enojada pero se ríe: “Los del gobierno me van a dejar sin trabajo”, se queja y nos cuenta que cada vez hay menos niños por la entrega de anticonceptivos. Margarita, la noche anterior, había apuntado en la misma dirección. En el caserío El Talag cada vez vive menos gente. Las pastillas y la falta de trabajo hacen que algunos no vengan y otros se vayan. Comenzamos el taller pero se nos complica. A mi español no lo entiende ni Noe y los niños hablan como primera lengua el Kichwa. Entonces Estela, cuando no nos está grabando, me traduce y ayuda. -Estela, cómo se dice dedo pulgar? -Mama dedo. -Y dedo índice? -Matasún dedo. Intercambiamos palabras, aprendimos figuras, contamos historias y escuchamos las de ellos. Los wawas se fueron soltando y dibujando sonrisas. Con Estela nos charlamos todo. Salvador y Sisa dos días después del taller seguían con sus lacitos para todos lados. Lo mismo Don Carlos, que sigue tratando de recordar las figuras que se sabía de pequeño, en esa época en que ya cruzaba el Napo a nado y entre varios lo agarraban para llenarle de ajíes los ojos, causándole un llanto desgarrador que cubría de tristeza toda la Amazonía. Pero esa parte la contaremos luego. Ashta kashkaman (hasta pronto).

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